En los capítulos iniciales de Primera Memoria, hay un sentido de tensión creciente en la isla recóndita. La guerra civil tiene un presencia fuerte pero escondido debajo de un ambiente idílico de “hojas castañas bajo los almendros” y “el brillo verde del mar” (11). De verdad, a lo largo de esta sección hay escenas llenas de color y conectadas con una vida inocente afuera de la guerra y la edad adulta.
Por ejemplo, en la página diecisiete, Matia “cerré los ojos y vi las ventanas azules, amarillos, rosados, y aquellas letras negras en el dorso: ‘El teatro de los Niños’” (17). El color de la memoria añade una fuerza visual y emocional al sentimiento de inocencia en peligra. Como muchas memorias, esta descripción es conectado más con los sentidos y los detalles que una escena total. Es decir, solamente tenemos pistas reveladoras de la escena total en la misma manera en que la gente de la isla solamente pueden ver “rastros de aquel horror” (12) que son vagos y ominosos.
Al otro lado, la presencia acechante de la guerra y la madurez es reflejado en descripciones de “la calígine” y “la hinchadas nubes de plomo borrando el brillo verde del mar” (11). Al principio del libro, Matute pinta una escena de ansiedad que amenaza a “borrar” esta color de la vida inocente y natural. Por ejemplo, en la página 13, Matute describe la guerra como “quizá más temida por invisible.” Otra vez, la guerra civil y su “gran tristeza” son asociados con la falta de color. Para explicar, la guerra es “invisible” en dos sentido: No solamente tiene una presencia escondida en la isla, sino también tiene el poder para borrar las memorias felices y coloridas de una niñez inocente.
