En capítulo 2, Carmen revela más hechos sobre su adolescencia y su vida como una joven durante el régimen del Franco en su diálogo con el hombre negro. El hombre le pregunta algunas veces sobre su felicidad y sus experiencias creciendo en un tiempo turbulento y represivo. Típicamente, como leímos en Primera Memora, la violencia y la presencia de una guerra interrumpe la inocencia infantil y acelera el proceso de crecimiento porque los niños están preocupados con la posibilidad de morir. Sin embargo, Carmen admite que como una niña, no entendía la guerra como un mecanismo espantoso porque fue “tan irreal”; en vez, ella dice que va al refugio después de una advertencia de bombas era, “un juego inventado por los mayores” (54). Su falta de entendimiento crea un efecto en que hay una fusión de dos mundos: lo real con la violencia actual y lo fantástico en que la guerra es un juego que los jóvenes disfruten.
Este tema vuelve en el final del capítulo cuando Carmen habla sobre la posibilidad de felicidad durante su adolescencia. En su mente, está luchando con sí misma sobre porque no sabe si es aceptable admitir que no sintió furia o enojo hacia la dictadura durante su infancia. Dice, “Podría decirle que la felicidad en los años de guerra y posguerra era inconcebible, que vivíamos rodeados de ignorancia y represión…superponer la amargura de mis opiniones actuales a las otras sensaciones que esta noche estoy recuperando.” Otra vez, el lector observa la duplicidad del mundo actual lleno de matanza y represión y el mundo que Carmen recuerda como el lugar con helado delicioso y juegos divertidos. Este conflicto enfrenta la idea que su perspectiva como un adulto que conoce las atrocidades de Franco manipula sus recuerdos como una niña contenta porque Carmen no quiere que su felicidad parezca un signo de apoyo a la época de Franco. La existencia de sus dos voces, uno de su juventud y uno de hoy, crea una narración íntima y revela el papel de edad en el proceso de conocimiento.
